viernes, 6 de junio de 2014

LA ISLA de Manuel Moreno Nieto

 Manuel Moreno Nieto, autor del libro de cuentos "Nunca llegarás a nada" es compañero del Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y, desde hoy, colaborador de este blog. 
El cuento La Isla está incluido en el libro del mismo nombre editado por Clara Obligado



Después de una hora nadando, el náufrago consiguió alcanzar la playa. Hizo inventario de sus pertenencias: un paquete de cigarrillos mojados y un teléfono móvil con recarga por energía solar. La camisa se perdió, pero los pantalones los llevaba puestos. Un auténtico Robinson Crusoe.

Sabía que el barco se fue a pique entre las islas frondosas de un pequeño archipiélago y, después de descansar, se dispuso a reconocer la zona, no sin antes tomar la precaución de dejar el móvil con los cigarrillos en un pequeño montículo. Así tendría controlado el punto de partida: su meeting point. Miró la vegetación y entró despacio, apartando las ramas, hasta que se hizo bastante oscuro. Oyó el zumbido y vio de frente algo, como un insecto grande que se dirigía volando hacia él. Lo esquivó y se quedó asustado e inmóvil. Luego algo le chocó contra la espalda y resbaló por su columna vertebral. Echó a correr: su respiración era violenta, entrecortada, ruidosa. Otro se le estrelló contra un muslo en la carrera. Concentraba sus cinco sentidos en salir, destrozándose la garganta en voces de auxilio. Alcanzada la caliridad se lanzó al mar sin dudarlo, como si el agua fuese su salvación. Nadó mar adentro, asegurándose de que no le quedaban restos de los ataques suicidas. Luego, más tranquilo, braceó hacia la playa. Oyó el móvil. Bendijo la energía solar y el calor que evaporó el agua:

- ¿Sí?...
- Jorge..., ¿eres tú?...
- Sí..., sí..., soy yo...
- Gracias a Dios, Jorge. Pensamos que te habías perdido, que te habías muerto ahogado...
- Sí, el barco se hundió...
- ¿Y tú dónde estás, Jorge?
- En una isla...
- ¿Hay algo comestible?
- Como no me coma los bichos...
- ¿Bichos..., de qué bichos hablas?
- Hay unos bichos que se chocan conmigo...
- ¿Bichos que se chocan? ¿Cómo son?
- Como enormes insectos..., pero gordos..., largos...
- Qué raro, Jorge, parece...
- ¡María, es verdad!
- Puede que los nervios te hayan traicionado. Relájate y piensa que son una alucinación...
- ¡María..., están aquí..., en los árboles...!
- Tengo que avisar a la policía y a los guardacostas para que te localicen. Te llamo lo antes posible.

Él se quedó sentado, abrazando sus rodillas. ¿Y si los bichos no existiesen y solo fuesen un delirio? No..., los vio..., chocaron contra él..., ¿los choques son alucinaciones...?

Penetró de nuevo en la espesura para averiguarlo. cuarenta metros adentro el primer bicho le estalló en el hombro. Ahogó su grito. Cien metros más adelante otro ataque, al brazo izquierdo..., aunque debía comer: cocos, frutas..., lo que sea. Siguió agitando ramas, esperando árbol tras árbol que algo cayese..., pero nada. Cuando se cansó de buscar, embrendió la retirada, durante la que tuvo tres agresiones más. Los restos de las colisiones se los sacudía ya indolente. Caminaba incluso despacio para demostrar a esos kamikazes que no les temía. De pronto, cuando estaba a punto de salir, uno de ellos se le puso frente a la cara agitando sus alas. Vio un ser con antenas emitiendo humo de forma discontinua. Después se le estrelló en la frente.

No eran delirios. Jorge salía de nuevo a la playa con los restos del último impacto bajándole por la cara. Una parte de ellos le entró en la boca y le sorprendió: el sabor era familiar, casero..., de total confianza. Al mismo tiempo cayó en la cuenta de que nunca vio que los bichos chocasen con los árboles..., o entre sí. Las perespectivas de supervivencia habían cambiado: eran comestibles y, además, no había que buscarlos porque iban a por él. Cuando se acercaba al meeting point corrió de nuevo al móvil cuya llamada emergía entre el rumor de las olas:

- ¿Sí?
- Jorge, tengo aquí a la policía y a los de Salvamento con aparatos para localizarte...
- Las cosas van algo mejor..., creo que mientras me salváis o no, podré sobrevivir. Puedo comerme a los bichos...
- ¿Otra vez con los bichos que te atacan? ¡No me jodas, Jorge!
- Son comestibles, María. Te lo digo en serio, están muy ricos...
- Jorge, respóndeme, por favor: ¿has encontrado comida?, ¿has comido algo?
- Lo he probado, pero la próxima vez que hablemos seguro que estaré mejor.
- Jorge, cariño estás delirando. Si estás bajo el sol busca una sombra cuanto antes. Ponte a cubierto y no cortes la comunicación bajo ningún concepto, que todavía no te tenemos.
- No estoy delirando, María -se rascó la nuca considerando imposible hacer verosímil su relato-. Todo lo que te cuento es cierto.
- Jorge, no puede ser. No cuelgues. Te encuentras mal...
- ...
- ¿Jorge?... ¿Jorge?...
- ...

Jorge había cortado la comunicación. No quería explicarse más. Estaba agotado. Demasiadas impresiones y esfuerzos para solo unas horas. Anocheció y se hizo el momento de que el sueño le venciese.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue ir a los árboles, pero esta vez no estaba desprevenido. En cuanto escuchó el zumbido se agazapó bajo unas ramas. Dejó que se acercase y, en un salto, atrapó al atacante con las dos manos, pero se retorció para escaparse y finalmente reventarle en el pecho. Ahora, con total tranquilidad, Jorge empezó a comer de aquellos restos que recogía según le chorreaban. regresaba a su infancia, a épocas en las que se sintió amado y protegido. Otro impacto, más o menos por la nuca, le siguió aliviando el hambre según se ponía la mano detrás. Ya no sentía ganas de llorar. No le disgustaba en absoluto la idea de pasar un tiempo en esas playas. Los naúfragos de sus lecturas de infancia y juventud no tuvieron tanta suerte. Seguía comiendo cuando se aproximó otra vez al meeting point. Oyó de nuevo el móvil y fue a cogerlo, pero esta vez sin correr:

- ¿Sí?
- Jorge, te estamos buscando. No tenemos que estar lejos, pero todavía no sabemos en la isla que estás.
- Vaya...
- ¿Te encuentras bien?
- ¡Joodeer! Ahora que ya...
- ¿Qué dices, Jorge? No te estoy entendiendo bien.
- ...
- ¡Jorge! ¡Mierda! ¡Otra vez se fue la comunicación!

Oyó primero el tableteo de las palas y luego distinguió perfectamente en el cielo la silueta del helicóptero. No hizo señales de auxilio, pero la aeronave hizo un requiebro una vez que le vieron desde arriba. Permaneció quieto mientras observaba el aterrizaje a una prudente distancia. Luego distinguió la silueta de María, que bajaba junto al piloto. Pensó en su futuro inmediato tras el rescate: reconversión del divorcio, renunciar a la costa y vuelta a vivir con ella en Parla, pidiendo créditos al Banco de Catalunya del centro, con su director estirado y las miradas divertidas de la subdirectora patorras. Se acordó también de la competencia de arizónicas entre vecinos adosados. Entonces se dio la vuelta y empezó a correr hacia el bosque. Oyó en la carrera cómo ella gritaba desesperada su nombre, pero no se volvió, para meterse deprisa en la verde oscuridad y volver a escuchar esos zumbidos familiares. Ella seguía gritando cuando él, escondido tras unos matojos, vio cómo el piloto la sujetaba, desesperada por verlo escapar:

- No se moleste, no corra -le dijo el comendante-. Es el octavo este mes.
- ¡No entiendo nada..., naaadaaa! -replicó ella en un arrebato de histeria.


Jorge contemplaba la escena en silencio desde el bosque. A su lado, uno de los seres también contemplaba la situación suspendido en el aire. Él se llevó el dedo a los labios:

- Shhhhh -de dijo-. No hagas mucho ruido. Luego me atacas.

Mediante tres emisiones de gas, el bicho otorgó su aprobación y vieron sobrevolarles la panza del helicóptero, que después cogió algura y se perdió como un mosquito. Cuando desapareció del todo, Jorge le habló de nuevo:

- Ahora -le indicó.

Entonces se le aplastó contra la oreja y Jorge apareció en la arena chupádose el dedo y tratando de determinar en su mente más momentos con aquellos sabores: las meriendas con la prima Olga..., los domingos de excursión en la sierra..., las vacaciones, siempre jugando con los codos y las rodillas llenos de costras...

 
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La Isla por Manuel Moreno Nieto se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.



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